Betz Ruiz

¡Hola! Soy Betzaida, pero puedes llamarme Betz.

Mi Burbuja nació en 2013 como un diario de moda y, al igual que yo, ha evolucionado. Hoy, este es un espacio donde comparto desde mis tendencias favoritas y tips de belleza, hasta la cara más honesta de la maternidad y las lecciones que voy descubriendo en el camino. Bienvenida a este rincón donde exploramos juntas cómo hacer la vida moderna más hermosa y auténtica.

Más sobre mí

Cuatro años después: lo que cambió, lo que llegó y lo que no esperaba

lunes, junio 08, 2026

En diciembre de 2022 publiqué un post sobre los hábitos que cambiaron mi vida — puedes leerlo aquí. Han pasado cuatro años, y cuando lo releo, pienso en todo lo que esa versión de mí no sabía que venía. Este post es esa actualización. Sin filtros.

Collage editorial sobre hábitos saludables, maternidad y diagnóstico de Hashimoto con la frase El diagnóstico no me definió

¿Por qué empezó todo?

En los años anteriores a ese post, leí muchos testimonios e historias de mujeres para quienes quedar embarazada había sido un camino difícil y largo — mujeres que mencionaban síntomas que yo sufrí por muchos años: dolores fuertes de vientre y ovarios poliquísticos, ligados muchas veces a resistencia a la insulina. Una condición que, aunque no había sido diagnosticada formalmente, tenía demasiados síntomas que me hacían pensar que sí la padecía.

Todo ello, aunque con mucho temor, me hizo querer tomar acción antes de que fuera más complicado — porque uno de mis grandes anhelos era ser mamá algún día. Un paso primordial para tomar ese camino era dejar, en cierto punto, las pastillas anticonceptivas que me prescribieron a mis 18 años para aminorar los dolores y quistes. (Si tienes un diagnóstico parecido, te invito a consultarlo con tu ginecóloga antes — yo lo hice por cuenta propia.) Llevaba muchos años tomándolas y sentía que habían cambiado mi cuerpo y mi metabolismo. Quería que mi cuerpo produjera sus hormonas de forma natural, volver a mis ciclos regulares y obtener con hábitos saludables lo que necesitaba para estar bien, en la medida de lo posible.

Luego de pasar desde mi adolescencia por muchas dietas restrictivas y gimnasios que me activaban por un tiempo pero luego volvía al sedentarismo, esta nueva forma de redescubrir lo saludable — desde lo cotidiano, la naturaleza, el redescubrimiento de los sabores incorporando verduras, frutas, smoothies, granola, bajando el consumo de azúcar sin dejar de darme mis gustos con postres saludables — hizo que volviera a amar mi cuerpo y a no querer regresar a mis hábitos anteriores. Las caminatas, el aire fresco, el sol, las montañas. Todo.

Quizás tú llegas a este punto por razones completamente distintas — por energía, por autoestima, por un diagnóstico propio. El motivo no importa tanto como la decisión de empezar.

La concepción — lo que sí ocurrió

Antes de contarte lo que pasó, necesito decirte algo importante: sé que hay mujeres que llevan años en este camino, con tratamientos, con pérdidas, con meses que se convierten en años de espera. Esta es mi historia, y no pretende ser la regla ni el ejemplo a seguir — cada cuerpo y cada historia son distintos.

En mi caso, cuatro meses bastaron para quedar embarazada. Y aunque los cambios de hábitos ayudaron a preparar mi cuerpo, sé — y lo digo con total convicción — que fue Dios quien nos envió ese regalo. El mérito no fue solo mío.

Cuando ya tenía algunos días de retraso y compramos la prueba de embarazo, le dije a mi esposo que lo haríamos juntos. Pero ese día él estaba dormido y la emoción — y la necesidad de saberlo — me hizo ser un poco egoísta y hacerme la prueba sola. Lloré, agradecí a Dios porque Él es el único que nos llevó hasta ese momento y nos brindó tal alegría — que seguimos agradeciendo —, y desperté a mi esposo con una ropita hermosa que decía: I love dad. Definitivamente, un momento que atesoraré siempre y que me hace sonreír y enamorarme más de nuestra historia.

El embarazo y el diagnóstico que no esperaba

Durante el embarazo intenté — con apoyo de mi esposo — ser lo más saludable posible. Me volví vegetariana cuando empezamos a intentarlo, cuidé mi alimentación y aumenté aproximadamente diez kilos hasta el final. Pero vino algo que nunca conté: en mis primeros exámenes, mi ginecobstetra me recomendó medir mis hormonas tiroideas. Luego de tres resultados que no bajaban, me derivó con un endocrinólogo.

El diagnóstico: hipotiroidismo durante el embarazo. Volver a tomar una pastilla diaria — aunque no fuera anticonceptiva — me desanimó más de lo que esperaba. No voy a mentirte. Pero en ese momento lo más importante era el bienestar de mi bebé y que mi cuerpo estuviera lo más estable posible.

Después de que nació mi bebé, fui nuevamente con el endocrinólogo. Había posibilidad de que fuera solo hipotiroidismo gestacional. Dejamos el Eutirox de forma paulatina, hicimos los exámenes correspondientes y el diagnóstico definitivo llegó: Hipotiroidismo de Hashimoto. Una enfermedad autoinmune que significa suplementación de por vida.

Fue un golpe duro. Esperaba no tener que tomar más medicamentos — y aunque sí había visto mejoría en mi piel, mi metabolismo y más con la suplementación, esperaba que mi cuerpo empezara a producir las hormonas de forma natural. Ver que los resultados no apuntaban a eso me dejó dudosa de todo, revisando exámenes, consultando a Google, procesando. Fueron unos días difíciles, pero de la mano de Dios y de mi esposo, pude aceptarlo y seguir adelante con el tratamiento.

Hoy, un año y medio después de ser mamá

Estoy volviendo a mis hábitos, de forma paulatina y sin presión. Empecé con ejercicio antes de que mi bebé despierte — ese rato que es solo mío. Sigo con mis smoothies, ahora con kéfir incluido. Y espero, más temprano que tarde, retomar las caminatas que siempre me han permitido despejar la mente al mismo tiempo que muevo el cuerpo. No es el ritmo de 2022. Pero es mío, y es real.

Aunque en el cuarto donde hago ejercicio no tengo la luz del sol en frente como me gustaría, agradezco tener ese espacio y ese tiempo para mí. Me activo con cardio, las maravillosas sesiones de pilates de Cocofitt — sin lugar a duda mis favoritas — y las sesiones de Taras Body con LuisK, que me hacen mover el cuerpo a muy buen ritmo.

Lo que el diagnóstico no me quitó

¿Estoy triste por el Hashimoto? Sí y no. Hay días. Pero decidí que no me define. Porque antes de tenerlo, ya quería ser una mamá, esposa y mujer saludable — con energía para desenvolverme en todo lo que amo hacer, con ánimo para jugar y darle toda la atención posible a mi bebé, y con una vida que, si Dios me lo permite, sea larga y plena.

El diagnóstico no cambió esa mujer. Solo le añadió una pastilla cada mañana y un motivo extra para cuidarse. Y ya sea que tengas hipotiroidismo u otro diagnóstico parecido, busca esas razones que te hacen levantarte cada mañana — y haz que tu salud esté en manos de Dios y en esa rutina de hábitos que te permitirán sentirte mejor mañana.

¿Y tú? ¿Qué te anima hoy a estar más sana y feliz? ¿O hay algo que hayas tenido que aceptar de tu cuerpo y que hoy ves de forma diferente? Te leo en los comentarios.

Lo que nadie te dice sobre poner límites (y por qué a mí también me costó)

martes, abril 28, 2026

Hace algunos días, conversando con mi esposo, surgió un tema que me ha estado tocando una fibra muy profunda: los límites. Una palabra que escuchamos en distintas conversaciones, pero pocas veces sabemos cómo ponerlos — y mucho menos cómo sostenerlos cuando nuestro entorno presiona.

Qué es un límite (y no, no es lo que Google dice)

Lo primero que hice fue buscar "límite" en Google — y apareció el concepto matemático. Pero en este post quiero hablarte de los que forman parte de nuestros vínculos con otras personas.

Un límite es la línea invisible que trazamos para resguardar nuestra salud física, mental y emocional. No es un muro para separar, sino una especie de puerta para protegernos. Y muchas veces, ni siquiera sabemos que tenemos derecho a ponerla.

El espejo: ¿respetamos lo que pedimos?

Aquí surge la verdadera controversia. Todos queremos que se respeten nuestros límites, pero ¿somos capaces de respetar los de los demás? Te cuento algunas situaciones que me generan esa pregunta.

Cuando el límite duele en familia

Hay padres primerizos — como nosotros — que deciden proteger la privacidad y el entorno de sus pequeños, sobre todo en los primeros meses de vida, tanto para preservar su salud como su identidad (tema abusos IA). El inconveniente es que todos desean conocer y postear en sus redes al nuevo miembro de la familia, y cuando intentas explicarles, se ofenden sin buscar entender el trasfondo de la situación.

Quizás tú fuiste quien se sintió excluida cuando alguien más puso ese límite en su postparto y te costó entenderlo. Es un sube y baja de emociones para los nuevos padres que buscan proteger a su bebé a capa y espada — y aunque los dos lados duelen y son reales, se pueden resolver conversándolo.

En el trabajo nadie te enseña a decir "basta"

En el ámbito profesional, muchas veces sobrepasamos nuestro horario y nos cargamos de trabajo para ser imprescindibles. Si eres como yo, intentamos dar el 200%. Pero cuando tu cuerpo dice "basta" y decides parar para recuperar tu salud y tu tiempo, te cuestionan por qué ya no rindes, no te esfuerzas o "no tienes la camiseta puesta".

Y quizás tú también has sido quien cuestionó a alguien alguna vez, sin saber lo que esa persona estaba cargando. Por eso, lo ideal es poner un límite desde el inicio — antes de que la situación se vuelva insostenible.

Redes sociales: la ilusión de que merecemos saberlo todo

Conocidos, influencers, políticos, actores, cantantes, profesionales — todos comparten poco o mucho de su vida y su trabajo. Pero cuando deciden no compartir una parte, explotan los comentarios preguntando el por qué, como si ver detrás de una pantalla nos diera el derecho a ser parte de sus decisiones o estar al 100% al tanto de sus vidas.

Y sí, la mayoría de nosotras hemos sentido esa curiosidad alguna vez. La diferencia está en reconocer que esa curiosidad no es un derecho.

Por qué tus límites son innegociables

Poner límites no es una sugerencia — es una necesidad que nos pide nuestro propio ser para conseguir paz. Porque el nuevo lujo es dormir tranquilas, saber decir "no" sin culpa y cultivar vínculos que nos den tranquilidad, no conflictos.

Esas líneas invisibles son un acto de amor propio. Nos permiten cumplir con nuestro deber sin drenarnos, cultivar relaciones respetuosas y proteger nuestra vida privada.

Y si todavía estás aprendiendo a decir que no sin sentirte mal por ello, también está bien. Esto no es lineal. Yo sigo trabajando a diario en cómo mantener mis límites para tener una vida más tranquila, con más amor y menos drama.

¿Hay un límite que hoy agradeces haber puesto? ¿En qué área te cuesta más sostenerlos? Cuéntame en los comentarios, te leo.

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About

¡Hola! Soy Betzaida Ruiz, una escritora, creadora y mamá de 32 años.

Este espacio nació en diciembre de 2013 por mi pasión por la moda, donde solía compartir mis collages y prendas favoritas. Hoy, Mi Burbuja ha evolucionado conmigo. Me encanta seguir compartiendo lo mejor de belleza y estilo de vida, pero ahora con un toque extra: mi aventura y mis descubrimientos como mamá. Aquí encontrarás contenido auténtico que celebra todas las facetas de la vida moderna.

¿Colaboramos? Para asociaciones o colaboraciones, por favor envíame un mail a info@miburbuja.com

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