Betz Ruiz

¡Hola! Soy Betzaida, pero puedes llamarme Betz.

Mi Burbuja nació en 2013 como un diario de moda y, al igual que yo, ha evolucionado. Hoy, este es un espacio donde comparto desde mis tendencias favoritas y tips de belleza, hasta la cara más honesta de la maternidad y las lecciones que voy descubriendo en el camino. Bienvenida a este rincón donde exploramos juntas cómo hacer la vida moderna más hermosa y auténtica.

Más sobre mí

El 24 de junio cambió todo: lo que el terremoto me enseñó sobre vivir de verdad

martes, agosto 04, 2026

El 24 de junio de 2026 le cambió la vida a muchos venezolanos. Y quienes vivimos el doblete sísmico, creo que nunca volveremos a ser los mismos.

En mi caso, estar en el apartamento con mi esposo y mi bebé de año y medio fue uno de los momentos más terroríficos que he vivido en mis 33 años. Segundos antes, mi bebé y yo estábamos jugando y riendo en su cuarto. Menos de un minuto después, pensé que no lo contaríamos.

Quedé en shock, viendo cómo todo se movía, escuchando cómo el edificio crujía durante casi dos interminables minutos — y solo escuchaba a mi esposo orar, sin poder dejar de abrazar a mi bebé.

Collage editorial sobre el terremoto del 24 de junio en Venezuela: escombros, calendario marcado y una familia orando junto a un árbol en flor

Los días después

Luego vino el silencio de no saber. Por casi una hora, sin noticias de mi mamá, de mi familia, sin entender lo que había pasado más allá del pueblo donde vivo. Y después, intentar dormir junto a mi bebé mientras mi esposo hacía vigilia, sin saber si podía repetirse — con la mente fabricando pesadillas de escenarios horribles que espero nunca volver a tener.

En los días siguientes, la pesadilla no paró. Ver los videos devastadores de La Guaira, los edificios caídos, cómo se vivió en otras partes del país. No parábamos de temblar, de activarnos con cualquier ruido, cualquier movimiento — hasta las vibraciones de los carros nos ponían en alerta.

Y en medio de todo eso, supe de una excompañera de la universidad que estaba desaparecida en alguno de los tantos edificios derrumbados en La Guaira. Días más tarde, publicaron que la encontraron sin vida. No pude evitar recordar lo divertida, ruidosa y llena de vida que era. Recordé incluso la última conversación que tuvimos, y me sentí muy triste.

Ver los testimonios, las personas buscando a sus familiares, lo que quedó de algunos lugares — me hizo detenerme y reevaluar todo.

Lo que la tierra movió en mí

Ha pasado más de un mes desde ese día. Y hoy, acostada junto a mi bebé, entiendo que el sismo no solo movió el suelo — movió mis prioridades, mi tiempo, lo que considero importante.

Ya tenía meses sobreestimulada, trabajando sin parar, con el cortisol a millón. Uno de mis trabajos me hizo ilusión en su momento y aprendí muchísimo, pero ya me sentía estancada, sin motivación y drenando toda mi energía. Llevaba meses dándole vueltas a la decisión.

Hasta que en una conversación entre amigas, una de ellas dijo algo que se me quedó grabado: que todo esto la hizo pensar que no le gustaba su vida, porque estaba en un trabajo que no le gustaba y sin motivación — y que la vida cambia en un segundo, y no quería que le pasara a ella.

Ya habíamos tenido conversaciones parecidas antes. Pero esta vez fue distinto. Ver a mi bebé, a mi esposo, mi vida como venía pasando últimamente — y un mensaje de mi jefa que no me gustó para nada — fue el punto final. No solo para poder avanzar con mi otro trabajo, sino para algo mucho más importante: darle espacio al amor que quiero que invada mi vida, mi hogar, y a los recuerdos que quiero formar con los míos.

Aunque esa entrada de dinero extra es algo con lo que contábamos mes a mes, mi salud mental y emocional es otra hoy.

¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?

Hacía tiempo quería escribir sobre esto. Y el 24 de junio me dio el empujón final.

Aunque trabajábamos desde casa, cumplir con dos trabajos, las tareas del hogar y sobre todo estar presente para nuestro bebé de año y medio se me hacía cuesta arriba muchas veces. Aunque mi esposo pasaba la mayoría del tiempo con él, cuando yo necesitaba avanzar con mi otro trabajo, mi chiquito me veía sentada en el escritorio y buscaba la excusa del pecho para reclamar mi atención.

Mientras tanto, mi cabeza estaba sobreestimulada por mil pendientes supuestamente urgentes que llevaban tiempo sin encajar — estrategias, objetivos y tareas que nunca terminaban en nada.

En algún punto entendí que yo buscaba estabilidad económica, pero me estaba perdiendo del amor, de una vida sin estrés, de hacer las actividades que me llenan, de mi matrimonio y mucho más.

Un mes después — y el miedo que sigue

Hoy sigo teniendo terrores nocturnos. Seguimos agitándonos por cada pequeño movimiento. Tenemos bolsos de emergencia hechos, sin importar lo que digan sobre la probabilidad de que vuelva a ocurrir — el temor sigue ahí y queremos estar preparados.

Pero apartando eso, algo abrió espacio. Agradezco infinitamente cada momento con mi bebé, el dormir a su lado — sin importar cuántas veces me despierte porque quiera dormir encima de mí o quiera tomar pecho —, el pasar más tiempo con mi esposo, reconectar con amistades, ver películas y leer libros que tenía tiempo queriendo leer y que mi mente workaholic no me permitía.

Empecé a leer la saga Trono de Cristal — que compré el pasado Black Friday — con una lamparita para libros que me regaló mi esposo en mi último cumpleaños. Me está haciendo muchísima ilusión. Y aunque sigo leyendo o viendo películas y series en mi teléfono mientras mi bebé duerme a mi lado por las noches, la vida se siente muy diferente.

Desde el privilegio de estar entera

Sé que estoy hablando desde el privilegio de no haber perdido familiares ni bienes materiales. Y quería nombrarlo, porque sería deshonesto no hacerlo.

Pero también quería dejar mi registro — de lo que viví, de cómo me siento, de lo que cambió en mí esta experiencia. Porque a veces el testimonio de alguien que salió ilesa también tiene valor: el de recordarle a quien lo perdió todo que su historia importa, y el de recordarle a quien no vivió el sismo que la vida puede cambiar en dos minutos.

Hoy abrazo a mi versión de ese día. A la que asustada escuchaba las oraciones de su esposo y abrazaba a su bebé — y que lo sigue abrazando siempre que puede. Y le diría que no tenga miedo de tomar esa decisión que ya había tomado a principios de año, porque el amor le va a retribuir enormemente lo que cree que va a perder. Que confíe en Dios, porque solo Él está y estará siempre obrando en su vida de una manera hermosa. Y que lo que hoy le dice adiós le abrirá nuevas oportunidades y más amor.

«Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu.»

Eclesiastés 4:6

Me gustaría saber de ti que lees este post: ¿viviste el sismo o lo seguiste desde lejos? ¿Has vivido una experiencia como esta que cambió tu vida por completo? Te leo en los comentarios.

Cuatro años después: lo que cambió, lo que llegó y lo que no esperaba

lunes, junio 08, 2026

En diciembre de 2022 publiqué un post sobre los hábitos que cambiaron mi vida — puedes leerlo aquí. Han pasado cuatro años, y cuando lo releo, pienso en todo lo que esa versión de mí no sabía que venía. Este post es esa actualización. Sin filtros.

Collage editorial sobre hábitos saludables, maternidad y diagnóstico de Hashimoto con la frase El diagnóstico no me definió

¿Por qué empezó todo?

En los años anteriores a ese post, leí muchos testimonios e historias de mujeres para quienes quedar embarazada había sido un camino difícil y largo — mujeres que mencionaban síntomas que yo sufrí por muchos años: dolores fuertes de vientre y ovarios poliquísticos, ligados muchas veces a resistencia a la insulina. Una condición que, aunque no había sido diagnosticada formalmente, tenía demasiados síntomas que me hacían pensar que sí la padecía.

Todo ello, aunque con mucho temor, me hizo querer tomar acción antes de que fuera más complicado — porque uno de mis grandes anhelos era ser mamá algún día. Un paso primordial para tomar ese camino era dejar, en cierto punto, las pastillas anticonceptivas que me prescribieron a mis 18 años para aminorar los dolores y quistes. (Si tienes un diagnóstico parecido, te invito a consultarlo con tu ginecóloga antes — yo lo hice por cuenta propia.) Llevaba muchos años tomándolas y sentía que habían cambiado mi cuerpo y mi metabolismo. Quería que mi cuerpo produjera sus hormonas de forma natural, volver a mis ciclos regulares y obtener con hábitos saludables lo que necesitaba para estar bien, en la medida de lo posible.

Luego de pasar desde mi adolescencia por muchas dietas restrictivas y gimnasios que me activaban por un tiempo pero luego volvía al sedentarismo, esta nueva forma de redescubrir lo saludable — desde lo cotidiano, la naturaleza, el redescubrimiento de los sabores incorporando verduras, frutas, smoothies, granola, bajando el consumo de azúcar sin dejar de darme mis gustos con postres saludables — hizo que volviera a amar mi cuerpo y a no querer regresar a mis hábitos anteriores. Las caminatas, el aire fresco, el sol, las montañas. Todo.

Quizás tú llegas a este punto por razones completamente distintas — por energía, por autoestima, por un diagnóstico propio. El motivo no importa tanto como la decisión de empezar.

La concepción — lo que sí ocurrió

Antes de contarte lo que pasó, necesito decirte algo importante: sé que hay mujeres que llevan años en este camino, con tratamientos, con pérdidas, con meses que se convierten en años de espera. Esta es mi historia, y no pretende ser la regla ni el ejemplo a seguir — cada cuerpo y cada historia son distintos.

En mi caso, cuatro meses bastaron para quedar embarazada. Y aunque los cambios de hábitos ayudaron a preparar mi cuerpo, sé — y lo digo con total convicción — que fue Dios quien nos envió ese regalo. El mérito no fue solo mío.

Cuando ya tenía algunos días de retraso y compramos la prueba de embarazo, le dije a mi esposo que lo haríamos juntos. Pero ese día él estaba dormido y la emoción — y la necesidad de saberlo — me hizo ser un poco egoísta y hacerme la prueba sola. Lloré, agradecí a Dios porque Él es el único que nos llevó hasta ese momento y nos brindó tal alegría — que seguimos agradeciendo —, y desperté a mi esposo con una ropita hermosa que decía: I love dad. Definitivamente, un momento que atesoraré siempre y que me hace sonreír y enamorarme más de nuestra historia.

El embarazo y el diagnóstico que no esperaba

Durante el embarazo intenté — con apoyo de mi esposo — ser lo más saludable posible. Me volví vegetariana cuando empezamos a intentarlo, cuidé mi alimentación y aumenté aproximadamente diez kilos hasta el final. Pero vino algo que nunca conté: en mis primeros exámenes, mi ginecobstetra me recomendó medir mis hormonas tiroideas. Luego de tres resultados que no bajaban, me derivó con un endocrinólogo.

El diagnóstico: hipotiroidismo durante el embarazo. Volver a tomar una pastilla diaria — aunque no fuera anticonceptiva — me desanimó más de lo que esperaba. No voy a mentirte. Pero en ese momento lo más importante era el bienestar de mi bebé y que mi cuerpo estuviera lo más estable posible.

Después de que nació mi bebé, fui nuevamente con el endocrinólogo. Había posibilidad de que fuera solo hipotiroidismo gestacional. Dejamos el Eutirox de forma paulatina, hicimos los exámenes correspondientes y el diagnóstico definitivo llegó: Hipotiroidismo de Hashimoto. Una enfermedad autoinmune que significa suplementación de por vida.

Fue un golpe duro. Esperaba no tener que tomar más medicamentos — y aunque sí había visto mejoría en mi piel, mi metabolismo y más con la suplementación, esperaba que mi cuerpo empezara a producir las hormonas de forma natural. Ver que los resultados no apuntaban a eso me dejó dudosa de todo, revisando exámenes, consultando a Google, procesando. Fueron unos días difíciles, pero de la mano de Dios y de mi esposo, pude aceptarlo y seguir adelante con el tratamiento.

Hoy, un año y medio después de ser mamá

Estoy volviendo a mis hábitos, de forma paulatina y sin presión. Empecé con ejercicio antes de que mi bebé despierte — ese rato que es solo mío. Sigo con mis smoothies, ahora con kéfir incluido. Y espero, más temprano que tarde, retomar las caminatas que siempre me han permitido despejar la mente al mismo tiempo que muevo el cuerpo. No es el ritmo de 2022. Pero es mío, y es real.

Aunque en el cuarto donde hago ejercicio no tengo la luz del sol en frente como me gustaría, agradezco tener ese espacio y ese tiempo para mí. Me activo con cardio, las maravillosas sesiones de pilates de Cocofitt — sin lugar a duda mis favoritas — y las sesiones de Taras Body con LuisK, que me hacen mover el cuerpo a muy buen ritmo.

Lo que el diagnóstico no me quitó

¿Estoy triste por el Hashimoto? Sí y no. Hay días. Pero decidí que no me define. Porque antes de tenerlo, ya quería ser una mamá, esposa y mujer saludable — con energía para desenvolverme en todo lo que amo hacer, con ánimo para jugar y darle toda la atención posible a mi bebé, y con una vida que, si Dios me lo permite, sea larga y plena.

El diagnóstico no cambió esa mujer. Solo le añadió una pastilla cada mañana y un motivo extra para cuidarse. Y ya sea que tengas hipotiroidismo u otro diagnóstico parecido, busca esas razones que te hacen levantarte cada mañana — y haz que tu salud esté en manos de Dios y en esa rutina de hábitos que te permitirán sentirte mejor mañana.

¿Y tú? ¿Qué te anima hoy a estar más sana y feliz? ¿O hay algo que hayas tenido que aceptar de tu cuerpo y que hoy ves de forma diferente? Te leo en los comentarios.

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About

¡Hola! Soy Betzaida Ruiz, una escritora, creadora y mamá de 32 años.

Este espacio nació en diciembre de 2013 por mi pasión por la moda, donde solía compartir mis collages y prendas favoritas. Hoy, Mi Burbuja ha evolucionado conmigo. Me encanta seguir compartiendo lo mejor de belleza y estilo de vida, pero ahora con un toque extra: mi aventura y mis descubrimientos como mamá. Aquí encontrarás contenido auténtico que celebra todas las facetas de la vida moderna.

¿Colaboramos? Para asociaciones o colaboraciones, por favor envíame un mail a info@miburbuja.com

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