El 24 de junio de 2026 le cambió la vida a muchos venezolanos. Y quienes vivimos el doblete sísmico, creo que nunca volveremos a ser los mismos.
En mi caso, estar en el apartamento con mi esposo y mi bebé de año y medio fue uno de los momentos más terroríficos que he vivido en mis 33 años. Segundos antes, mi bebé y yo estábamos jugando y riendo en su cuarto. Menos de un minuto después, pensé que no lo contaríamos.
Quedé en shock, viendo cómo todo se movía, escuchando cómo el edificio crujía durante casi dos interminables minutos — y solo escuchaba a mi esposo orar, sin poder dejar de abrazar a mi bebé.
Los días después
Luego vino el silencio de no saber. Por casi una hora, sin noticias de mi mamá, de mi familia, sin entender lo que había pasado más allá del pueblo donde vivo. Y después, intentar dormir junto a mi bebé mientras mi esposo hacía vigilia, sin saber si podía repetirse — con la mente fabricando pesadillas de escenarios horribles que espero nunca volver a tener.
En los días siguientes, la pesadilla no paró. Ver los videos devastadores de La Guaira, los edificios caídos, cómo se vivió en otras partes del país. No parábamos de temblar, de activarnos con cualquier ruido, cualquier movimiento — hasta las vibraciones de los carros nos ponían en alerta.
Y en medio de todo eso, supe de una excompañera de la universidad que estaba desaparecida en alguno de los tantos edificios derrumbados en La Guaira. Días más tarde, publicaron que la encontraron sin vida. No pude evitar recordar lo divertida, ruidosa y llena de vida que era. Recordé incluso la última conversación que tuvimos, y me sentí muy triste.
Ver los testimonios, las personas buscando a sus familiares, lo que quedó de algunos lugares — me hizo detenerme y reevaluar todo.
Lo que la tierra movió en mí
Ha pasado más de un mes desde ese día. Y hoy, acostada junto a mi bebé, entiendo que el sismo no solo movió el suelo — movió mis prioridades, mi tiempo, lo que considero importante.
Ya tenía meses sobreestimulada, trabajando sin parar, con el cortisol a millón. Uno de mis trabajos me hizo ilusión en su momento y aprendí muchísimo, pero ya me sentía estancada, sin motivación y drenando toda mi energía. Llevaba meses dándole vueltas a la decisión.
Hasta que en una conversación entre amigas, una de ellas dijo algo que se me quedó grabado: que todo esto la hizo pensar que no le gustaba su vida, porque estaba en un trabajo que no le gustaba y sin motivación — y que la vida cambia en un segundo, y no quería que le pasara a ella.
Ya habíamos tenido conversaciones parecidas antes. Pero esta vez fue distinto. Ver a mi bebé, a mi esposo, mi vida como venía pasando últimamente — y un mensaje de mi jefa que no me gustó para nada — fue el punto final. No solo para poder avanzar con mi otro trabajo, sino para algo mucho más importante: darle espacio al amor que quiero que invada mi vida, mi hogar, y a los recuerdos que quiero formar con los míos.
Aunque esa entrada de dinero extra es algo con lo que contábamos mes a mes, mi salud mental y emocional es otra hoy.
¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?
Hacía tiempo quería escribir sobre esto. Y el 24 de junio me dio el empujón final.
Aunque trabajábamos desde casa, cumplir con dos trabajos, las tareas del hogar y sobre todo estar presente para nuestro bebé de año y medio se me hacía cuesta arriba muchas veces. Aunque mi esposo pasaba la mayoría del tiempo con él, cuando yo necesitaba avanzar con mi otro trabajo, mi chiquito me veía sentada en el escritorio y buscaba la excusa del pecho para reclamar mi atención.
Mientras tanto, mi cabeza estaba sobreestimulada por mil pendientes supuestamente urgentes que llevaban tiempo sin encajar — estrategias, objetivos y tareas que nunca terminaban en nada.
En algún punto entendí que yo buscaba estabilidad económica, pero me estaba perdiendo del amor, de una vida sin estrés, de hacer las actividades que me llenan, de mi matrimonio y mucho más.
Un mes después — y el miedo que sigue
Hoy sigo teniendo terrores nocturnos. Seguimos agitándonos por cada pequeño movimiento. Tenemos bolsos de emergencia hechos, sin importar lo que digan sobre la probabilidad de que vuelva a ocurrir — el temor sigue ahí y queremos estar preparados.
Pero apartando eso, algo abrió espacio. Agradezco infinitamente cada momento con mi bebé, el dormir a su lado — sin importar cuántas veces me despierte porque quiera dormir encima de mí o quiera tomar pecho —, el pasar más tiempo con mi esposo, reconectar con amistades, ver películas y leer libros que tenía tiempo queriendo leer y que mi mente workaholic no me permitía.
Empecé a leer la saga Trono de Cristal — que compré el pasado Black Friday — con una lamparita para libros que me regaló mi esposo en mi último cumpleaños. Me está haciendo muchísima ilusión. Y aunque sigo leyendo o viendo películas y series en mi teléfono mientras mi bebé duerme a mi lado por las noches, la vida se siente muy diferente.
Desde el privilegio de estar entera
Sé que estoy hablando desde el privilegio de no haber perdido familiares ni bienes materiales. Y quería nombrarlo, porque sería deshonesto no hacerlo.
Pero también quería dejar mi registro — de lo que viví, de cómo me siento, de lo que cambió en mí esta experiencia. Porque a veces el testimonio de alguien que salió ilesa también tiene valor: el de recordarle a quien lo perdió todo que su historia importa, y el de recordarle a quien no vivió el sismo que la vida puede cambiar en dos minutos.
Hoy abrazo a mi versión de ese día. A la que asustada escuchaba las oraciones de su esposo y abrazaba a su bebé — y que lo sigue abrazando siempre que puede. Y le diría que no tenga miedo de tomar esa decisión que ya había tomado a principios de año, porque el amor le va a retribuir enormemente lo que cree que va a perder. Que confíe en Dios, porque solo Él está y estará siempre obrando en su vida de una manera hermosa. Y que lo que hoy le dice adiós le abrirá nuevas oportunidades y más amor.
«Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu.»
Eclesiastés 4:6
Me gustaría saber de ti que lees este post: ¿viviste el sismo o lo seguiste desde lejos? ¿Has vivido una experiencia como esta que cambió tu vida por completo? Te leo en los comentarios.

